vendredi 19 septembre 2014

Los gemelitos de Granada



Por: Jorge Vega

Para las parejas ya consolidadas querer tener hijos es parte del proceso de amor y entrega a la  pareja. La mayoría de esas parejas espera poder tener, al menos, dos hijos y de preferencia poder tener la parejita; niño y niña. Poder tener un embarazo de gemelos y que esos gemelos sean niño y niña es como un sueño para muchas de las parejas, eso no es un secreto para nadie, sería como la mayor de las bendiciones.

En una de las calles cercanas al mercado de Granada me encontré con esa escena. Una señora con su parejita de gemelos. Ellos estaban en un cochecito para los dos. La señora tenía un megáfono en el cual decía: “ayuden a los gemelitos, ayuden a los gemelitos”. Los gemelitos no pueden moverse por sí solos, deben permanecer acostados todo el tiempo y antes no tenían nada de movilización, pero gracias a las terapias que han tenido, han podido ir aprendiendo a arrastrarse en el piso, algo que es muy importante para su desarrollo, algo bastante curioso, porque lo que para muchos puede resultar como negativo como es el hecho de arrastrarse, para ellos representa su, quizás, única  oportunidad de desarrollo.

Estos gemelitos pueden pasar por niños de unos 10 años, pero no, ellos tienen 16 y durante esos 16 años ellos han sido acompañados por su madre. Por la poca conversación que tuve con la señora, no descubrí si el padre de los niños está o ha estado hombro a hombro con ella en esta lucha. La madre estaba ahí. Las madres, en el mayor de los casos, siempre están al lado de sus hijos.

No puedo concluir sin mencionar mis respetos, comprensión y admiración por esta señora y por las muchas familias nicaragüenses que cuentan con algún niño con discapacidad entre los suyos.


¡Promovamos la capacidad en medio de la discapacidad!

Imagen extraída de: http://www.paho.org/arg/index.php?option=com_content&view=article&id=1091:entre-140-y-180-millones-de-personas-viven-con-una-discapacidad-en-las-amricas&Itemid=269

mardi 16 septembre 2014

En Nicaragua todavía se va la luz



Por: Jorge Vega


En Nicaragua todavía se va la luz. Puede parecer increíble, pero no lo es. Nosotros estamos “acostumbrados” a pasar noches a oscuras.

Recuerdo que cuando era pequeño la luz se iba casi todas las noches, en ocasiones se iba a las seis de la tarde y regresaba aproximadamente a las dos o tres de la mañana y si teníamos suerte regresaba tipo 11 ó 12 de la noche. Eso era tener “suerte”, porque en Nicaragua siempre hace calor y habían noches muy calientes y sin energía, pues imposible poner el abanico (ventilador), así que ya se imaginaran el calor que sufríamos.

En esas noches a oscuras la familia aprovechaba para salirse a las aceras de sus casas y los adultos empezaban a hablar de cualquier tipo de cosas, recuerdo que uno de los temas más importantes era cuando nos hablaban de cosas relacionadas a cómo eran las cosas en el pasado, las historias familiares, tristezas y alegrías. Confieso que mucho de lo que sé sobre el pasado de mi familia fue gracias a esas noches sin electricidad.

Cuando esas conversaciones serias me aburrían, me iba la esquina del barrio y con los otros chavalos nos sentábamos o acostábamos en una gran acera y desde ahí empezábamos a hablar de cosas divertidas y luego pasábamos a contar cosas de miedo, que a algunos no les daba miedo, a mí siempre me daba miedo todo lo que escuchaba, pero tenía que disimular, para seguir escuchando las historias y cuando era el momento de irse cada quien a su casa y nada de venir la luz, yo me arrepentía de haber escuchado esas historias, porque ya sentía a la “muerte quirina” detrás de mí o a cualquier otro fantasma, era difícil, recuerdo que cada vez que pasaba eso yo decía, “no vuelvo a ir a esa esquina a escuchar cosas de miedo”, pero como no había nada que hacer, caía en la trampa una y mil veces.

Mi generación y yo tuvimos la oportunidad de tener esas noches de tertulia con el enorme privilegio de tener a muchísimas estrellas y con suerte una hermosa luna como testigos. No teníamos mucha tecnología y entonces no había nada más que hacer que hablar y hablar y hablar hasta que regresara la energía o hasta que no hubiera nada más que contar y regresar a nuestras casas a dormir y algunos como yo, a temblar del miedo, esperando que la carreta náhuatl llegara y tomara la vida de uno.

La luz se sigue yendo en la actualidad, pero ahora con la tecnología cada quien puede seguir usando sus celulares, mp3, computadoras, tabletas, incluso poner bujías previamente cargadas, entonces el momento que era utilizado para intercambiar historias fantásticas ya no se da tanto como en el pasado.

Supongo que soy el típico joven-adulto que cree que todo en su generación fue lo mejor de lo mejor, la crema de la crema o “crème de la crème” como dicen los franceses. Supongo que los jóvenes de esta nueva generación aprovechan la ausencia de electricidad de otra manera, pero quizás estoy demasiado “viejo” para ver las cosas con la objetividad que se merece.

Lo que sí puedo decir de manera objetiva es que en Nicaragua todavía se va la luz. Nosotros estamos “acostumbrados” a pasar noches a oscuras. Puede parecerles increíble, pero no lo es.

Foto extraída de:  

"Ciudad Sin Luz" Creepypasta

mercredi 3 septembre 2014

Mi “experiencia” con la cocina.

Por: Jorge Vega


Nacer en un país como Nicaragua tiene, aunque no lo crean, muchas ventajas, pero no quiero hablar de eso en esta ocasión sino de una de las grandes des-ventajas, así con guión, porque para algunos puede que sea una ventaja, pero para mí no lo es. Veamos. Tengo un poco más de 25 años y hoy, por primera vez en mi vida, pelé un melón, increíble, esa fruta tan común que he comido una y mil veces en ensalada de frutas, o sin nada más o bien que he bebido en fresco de melón con naranja. Es increíble, pero no sabía incluso cómo pelarlo, no sabía si se tenía que partir por la mitad y luego quitar la cáscara o si se podía pelar como las naranjas que se les quita la cáscara y luego se parten por la mitad para extraer su jugo, pero el melón era algo grande y realmente no tenía idea de cómo pelarlo y de si lo estaba haciendo bien.

En Nicaragua la cocina es un lugar “privilegiado” por no decir obligatorio para las mujeres, los hombres pueden entrar para probar algo de lo que se está cocinando, pero no pueden meter cuchara o dar opinión al respecto, sólo pueden emitir un juicio cuando están comiendo y decir que le hizo falta sal o que quedó muy salado o que el arroz quedó muy duro o cosas de ese estilo, o tratándose de restaurantes uno puede tener un juicio un poco más “a la altura” y decir que la carne no quedó muy cocida o que a la ensalada le hizo falta tal o tal salsa.

Pues sí, en nuestro país que un hombre cocine se ve mal, a no ser que haya estudiado cocina y sea chef o ayudante de cocina. En estas tierras se conservan tradiciones de nuestros orígenes, tradiciones que son muy cuestionables. Si un niño quiere ayudar en la cocina y hacer cosas básicas como cortar tomates para una ensalada, se le puede catalogar como un niño “diferente”, por diferente se entenderá que tiene otras preferencias afectivas-sexuales. Así de atrasados estamos por estos lados.

Incluso personas como yo que de cierto modo estamos en contra de esas teorías, no somos capaces de pelar un simple melón. Recuerdo que hace un par de años mi mamá estaba algo enferma y me pidió que cociera unos plátanos verdes, la tarea era simple, sólo se tenía que quitar la cáscara de los plátanos y yo había visto hacer eso mil veces a mi mamá, así que pensé que era lo más simple del mundo, entonces agarré el cuchillo y agarré el primer plátano verde y …sorpresa! No sabía cómo quitarle la cáscara, entonces lo hice como si se tratara de una papa a la que se le va quitando parte por parte hasta que uno deja desnuda a la verdura. Pero resulta que había otra forma en la que con dos cortes, más o menos, uno puede dejar el plátano sin cáscara y de una forma muy simple, pero como ignoraba cómo hacer eso, pues recurrí a lo que conocía.

Muchos de nosotros hemos tenido que aprender a cocinar cuando nos ha tocado estar fuera de nuestra casa materna. Tengo una licenciatura en Administración Turística y Hotelera y tuve clases de A&B (Alimentos y Bebidas) y nos tocó aprender a elaborar ciertos alimentos y bebidas y eso despertó en mi la curiosidad por la cocina, pero esa curiosidad se fue apagando poco a poco, porque eran mínimos los momentos en que me tocaba o me toca elaborar algo para comer, normalmente lo compro ya cocinado o hay una mujer, ya sea mi mamá, tía, alguna amiga o ahora mi tía por parte de padre, que tiene algo preparado para mí. Entonces no tengo la necesidad de preparar mis alimentos.

Recuerdo que hace unos 13 años, cuando trabajaba con la Cruz Roja Canadiense y Cruz Roja de la Juventud, nos tocó hacer un curso de sobrevivencia y en esa ocasión nos fuimos a un Departamento del Norte nica y ahí nos tocó hacer todo; construir las champas (tiendas de campaña) en donde íbamos a pasar la semana, teníamos que rozar (quitar la hierba con un machete), hacer hoyos para construir las letrinas (escusados) o “baños” y también hacer la comida. Éramos chavalos y chavalas con todas esas obligaciones, entonces hacíamos grupos o brigadas que se encargaban de determinadas tareas, las tareas variaban para que pudiéramos experimentar un poco de todo y como el tercer día creo, nos tocó a un grupo de compañeros y a mí preparar la comida. El menú no era nada “extraordinario” de hecho era lo mismo que habíamos comido anteriormente y según descubrí sería lo mismo que comeríamos el resto de la semana. El menú del almuerzo era: arroz, huevo frito con tomate y plátano verde cocido y un vaso de chicha sin hielo, porque no teníamos hielo. Ahí estaba la brigada que iba a realizar el “delicioso” manjar. Curiosamente en esta ocasión, creo que para ponernos a prueba, todos éramos hombres y como se imaginaran, ninguno sabía cocinar. Teníamos el arroz crudo, huevo crudo, plátanos crudos, tomates crudos. 

La primera “oportunidad” de hacer comida y no era solo para una persona o para dos, no, era para casi 100 brigadistas! No recuerdo quién hizo la división, quién dijo quién iba a hacer qué, lo que sí sé es que a mi grupo y a mí nos tocó hacer el arroz. No debía ser nada difícil, empezamos y pusimos la paila en el fuego de leña que habíamos hecho. Después le pusimos el aceite y le agregamos las, no sé si, 30 ó 40 libras de arroz, cuando ya estaba medio tostado le agregamos agua y ahí empezó el martirio, cuando se secó la primera vez quedó muy duro, demasiado duro, entonces le agregamos otro balde de agua y lo tapamos y cuando se secó, lo probamos y seguía duro, entonces le agregamos dos baldes de agua más y ahora sí tardó en secar, “mucho mejor!” pensamos nosotros, porque así iba a quedar bien suave el arroz, pues sí, quedó suave, pero demasiado para nuestro gusto, quedó como arroz aguado y para más desgracia, sin sal, sin nada de gusto, pero como no se podía desperdiciar y estábamos en un curso de supervivencia pues nos lo tuvimos que comer, nosotros y los demás compañeros. Afortunadamente los huevos fritos y  plátanos cocidos no habían corrido la misma suerte que la del arroz. La chicha nos la bebimos simple, porque no había azúcar. Mi primer fresco de chicha simple, sin azúcar y sin hielo.


Acabo de terminar de leer el libro “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel y cada capítulo se inicia con la preparación de algo de comer y acabo también de pelar el melón para el fresco de melón con naranja y eso me dio ganas de escribir sobre mi experiencia con la cocina que espero, en el futuro, pueda ser más amistosa, digna de contar y que deje un buen sabor de boca. Por el momento me conformo con hacer papas fritas, pasta, ensalada o esperar a que una mujer me diga: Jorge, ya está lista la comida. ¡Buen provecho!  

Dibujo extraído de: http://blog.pucp.edu.pe/category/6847/blog/2464