jeudi 18 mars 2010

Del “matrimonio” y otros demonios…


Fernando y Elizabeth se casaron hace menos de un año atrás. No con papeles legales, sino bajo la “bendición” de una amiga que hizo el papel de la “abogada”, los testigos; un amigo y la sombra de una buena amiga, curiosamente la abogada, el testigo presente y la testigo ausente eran amigos de uno de ellos, la otra parte del matrimonio estaba sola, se hacía acompañar de su alma y su amor. Los futuros esposos, enamorados y bajo los efectos del alcohol, aceptaron y firmaron el compromiso. Luego vinieron las fotos, el video oficial y la futura publicación. El matrimonio continúo su curso de la manera más feliz del mundo, sus corazones latían como si fuera uno. Como su amor era prohibido desarrollaron técnicas para saludarse y enamorarse, cuando estaban en sociedad, en lugar de un beso en la boca, se daban un beso en la mano, en lugar de decir te quiero uno de los dos cerraba con disimulo uno de sus ojos o lo susurraba bajito. Durante algunos meses, la relación se festejó y se consagró, estaban tan felices con su amor que con mucha alegría cantaban, lo que pare ellos representaba su relación, cantaban algo así “te envío poemas de mi puño y letra, te envío canciones de cuatro cuarenta, te envío las fotos cenando en Marbella y….así me recuerdes y tengas presente que mi corazón está colgando en tus mano…”. La parte que estaba sola conoció a casi todos los amigos de su pareja, se involucró bastante bien en el grupo, tuvieron muchas fiestas, vivencias. Poco a poco se involucraron con la familia, con su hermana y sobrinita e incluso con su madre. Las desventuras aparecían, pero era sólo el momento de la reflexión, discusión y luego, según conocí tiempo después, la aparente reconciliación y perdón. Pero un día memorable de febrero, algo inexplicable aconteció y el futuro y bienestar de la relación simplemente se evaporó. Así sin más, todo acabó. La vida así lo quiso. Nunca más se volvieron a amar, sus cuerpos nunca más se volvieron a acariciar, siquiera a tocar. De vez en cuando y sin proponérselos, las vivas tardes y los aires frescos de Managua, les recuerdan que en un momento estuvieron juntos y que en una noche de tragos se casaron y se amaron….sí, se amaron.


Jorge Vega