jeudi 8 septembre 2011

Adoptando nuevos pueblos, ciudades, países, pero también nuevas vidas.


Jorge Vega

Mis padres son originarios de un departamento del sur de Nicaragua, mismo que en la actualidad es considerado como uno de los departamentos más nicas del país, no sé por cuánto tiempo se considerará así, pero honestamente espero que no sea sólo en tiempos difíciles.

Muchos expresan y hacen alardes de las bellezas naturales que existen en esa zona y se le ha hecho una publicidad desmedida en los medios televisivos, escritos y radiales, todos se sienten “orgullosos” e incluso hacen alardes de “nacionalismo” de ese departamento e inclusive le han agregado “de Nicaragua”, por si en algún momento se ha dudado su origen.

De ese departamento del sur del país, provienen mis padres, del municipio de San Miguelito, para ser más exacto. No dudo que ese sitio haya sido lindo en su tiempo y de hecho aún lo es y afortunadamente ha tenido muchas mejoras a nivel estructural. Pero en aquellos tiempos la situación, al menos para mis padres, no era muy buena; habían muchos peleas por tierras, según me cuentan mis tías paternas que aún hoy viven en el municipio, mi abuelo paterno y un tío murieron en una de esas tantas peleas por tierras y otro tío fue fuertemente acribillado, pero está vivo para contar el cuento.

Con unos hijos a tuto y viviendo en un pueblo que no ofrecía muchas alternativas tan simpáticas para la familia, pues qué mejor decisión que irse.

Mis padres se fueron, dejaron atrás ese pequeño pueblo del sur de Nicaragua y se instalaron en otro pueblo, pero más grande y un poco más prometedor, un pueblo que estaba en las cercanías de la capital y cuyo nombre pareciera un juego de palabras Tipitapa.

Luego de ese viaje, dos hermanas de mi madre siguieron sus pasos, una de ellas sigue en Tipitapa y la otra emigró hace unos 20 años a un país del norte, ese que nos venden como el país de los sueños, aunque a decir verdad, muchos han perdido el sueño e incluso la vida tratando de pisar su suelo.

Entre los numerosos miembros de mi multitudinaria familia, existen muchas historias de personas que se han desplazado de su lugar de origen hacia otro, adoptando no sólo nuevos pueblos, ciudades o países, pero también nuevas vidas y pues quien escribe estas líneas, afortunadamente, no es la excepción a la regla.